Elixir de la eterna juventud

"...mantén tu cerebro ilusionado, activo, hazlo funcionar y nunca se degenerará..."

RITA LEVI-MONTALCINI
Neuróloga italiana.



viernes, 21 de mayo de 2010

Vidas

Juan y Candela disfrutaban del apacible sol de media tarde, desde su banco en el parque controlaban el ir y venir de los paseantes.

- Mira quién viene por ahí - dijo Juan.

-Anda, si son Antonio y Manolita - contestó Candela mientras se estiraba la falda y se atusaba el cabello.

- Me dan un poco de envidia... - dijo Candela mirando a Juan.

- ¿Qué?...

- Nada, podías escucharme cuando te hablo ¿no?, podías mimarme más como hace Antonio con Manolita - le recriminó Candela.

- ¡Callate! Que ya se acercan - susurró Juan algo molesto.

- ¿Qué tal? - se dijeron ambas parejas, mientras los hombres se estrechaban las manos y ellas se rozaban las mejillas con sendos sonoros besos.

- Hace una tarde estupenda ¿verdad? - dijo Manolita.

- ¿Os apetece pasear?, llevamos un rato sentados, así estiramos las piernas - propuso Candela con una sonrisa.

- Lo siento, otro día, Antonio tiene que pasar por el trabajo...

- Venga hombre - interrumpió Juan mirando a Antonio.

- No podemos, quiero ir a recoge unos papeles a la oficina y después llevar a Manolita a cenar para celebrar nuestro aniversario - dijo Antonio dedicándole una amplia sonrisa a su mujer.

- ¿Qué bien? Felicidades - sonrió Candela.

-Que lo paséis bien - dijo Juan dándole la mano a Antonio.

- Igualmente.

Mientras se alejaban, Juan y Candela volvían a sentarse en el banco.

- ¿Te das cuenta?, la lleva a cenar y nosotros... - protestó Candela.

- Nosotros, ya sabes que no podemos permitírnoslo - contestó Juan apesadumbrado.

-La tiene en palmitas... se les ve tan enamorados - suspiró Candela.

-Yo también estoy enamorado - contestó Juan mientras la besaba en las manos.

- Anda, tonto - y lo abrazó con cariño.

Mientras Antonio y Manolita se alejaban...

- Eres una tonta.

- ¿Por?

- ¿Por? - se burla Antonio - casi lo estropeas todo, ¿por qué has dicho que tenía que pasar por el trabajo?

- Es lo primero que se me ha ocurrido - contesta Manolita bajando la mirada.

- Lo primero que se me ha ocurrido - vuelve a burlarse - eres una payasa, creerán que yo no he querido quedarme.

- Pero... - intentó protestar Manolita.

- No hay peros que valgan, la próxima vez que me dejes en ridículo te vas a enterar ¿entendido?, y ahora sonríe o prepárate cuando lleguemos a casa - le dijo entre dientes mientras la pellizcaba en el brazo por el que la llevaba agarrada.


Meritxell

martes, 18 de mayo de 2010

Recuerdos de verano

Me encantaba regresar a aquella casa cada verano y comprobar que nada había cambiado. La puerta de la calle daba a un recibidor bastante amplio del que surgían tres puertas, la de la derecha pertenecía a una habitación con las dimensiones justas para dos camas, una mesilla entre ambas y un armario a los pies de estas; enfrente, se encontraba otro dormitorio de similares características pero con una cama de matrimonio, un armario, donde el abuelo guardaba además de su ropa, una guitarra y una bandurria, que conservaba de los tiempos en que iba por los pueblos de fiesta en fiesta; y junto a la ventana, una cómoda donde desfilaban un centenar de santos y vírgenes, de todos los tamaños; regalos de las personas que venían a que mi abuela les quitara las verrugas o el mal de ojo, entre otras dolencias.

La tercera puerta, situada justo enfrente de la puerta de la calle, te llevaba a un pasillo bastante ancho y que mis abuelos convirtieron en improvisado salón ya que todas las demás estancias eran necesarias para el descanso de sus seis hijos; a la izquierda habían colocado un mueble con tele y a la derecha un sofá, encima del cuál y en medio de la pared un pequeño ventanuco comunicaba con otra habitación cuya decoración era básicamente: dos camas, un par de mesillas y un armario, junto a esta una estrecha ventana que se comunicaba con la cocina permitía que entrara algo de luz, por lo que siempre permanecía abierta; así que el abuelo no tuvo más remedio que colocarle una malla para evitar que los bichos se colaran dentro permitiendo a su vez que la luz y el aire corrieran por aquella habitación pues el verano era asfixiante.

Saliendo del salón-pasillo, como yo lo llamo, se abría ante tus ojos una pequeña selva tropical que vivía en el patio y donde respirar hondo era una delicia pues la vida que de allí emanaba no la podías encontrar en ningún otro lugar de la casa, a la izquierda del patio un arco te llevaba a la cochera que al ser bastante amplia también servía de trastero;enfrente del arco una puerta estrecha daba a la cocina, amplia, luminosa, con el fregadero y la pila de lavar junto a la ventana, con pocos muebles pero con una mesa enorme en el centro para darnos de comer a toda la prole que habíamos ido a pasar las vacaciones.

Al lado de la puerta de la cocina, un pequeño poyete era el lugar sagrado de toda la casa donde el gran jefe, el abuelo, se sentaba a descansar mientras se fumaba un sombra acompañado de un poco jamón y regado con un chato de vino; todo el que se sentaba allí tuviera la edad que tuviera, en cuanto el abuelo aparecía por la puerta se levantaba cediéndole el asiento, no recuerdo que él nos dijera a ninguno que aquel era su sitio pero todos en casa le concedimos ese estatus social, con todo el cariño. Aquel poyete y el abuelo eran uno, allí recibía a sus amistades, sólo unos pocos tenían aquel privilegio, el abuelo no era dado a recibir a cualquiera en aquel rincón; el que más venía era Frasco, un íntimo amigo; juntos conversaban del precio de los tomates, del trabajo en el invernadero y se hacían acompañar de algún aperitivo que les preparaba la abuela.

Junto a ellos, en el patio, se extendía una frondosa vegetación, hermosas plantas de enormes hojas ornamentales crecían a los pies de árboles que rebasaban el límite de la casa y comenzaban a asomar por la azotea, para ir al baño que estaba al fondo del patio tenías que ir apartando algunas de estas hojas, allí se alzaban las escaleras que te llevaban a la azotea y en su hueco, se preparó un recinto para criar una treintena de canarios, que nos acompañaban con sus canticos durante todo el día. Era un pequeño paraíso dentro de tu propia casa.

Meritxell

lunes, 19 de abril de 2010

Señuelo

Anochecía. Parpadeaban las primeras estrellas mientras yo continuaba allí sentada, esperando que ocurriera lo que tanto tiempo había deseado.
Se levantó una brisa agradable y fresca, cerré los ojos y dejé que mi alma se liberara por un momento de la tensión de los últimos días. Desde la terraza observé como la ciudad comenzaba a iluminarse.
De repente sonó el teléfono, di un respingo, me dirigí a él sin quitarle la vista de encima, alargué el brazo y descolgué.
- ¿Diga?, sí, soy yo... de acuerdo en veinte minutos estoy ahí.
Me apoyé sobre el teléfono concediéndome unos minutos antes de colgar, respiré hondo, busqué las llaves de casa y me alejé calle abajo. A esas horas las calles estaban vacías, era la hora de cenar y la gente andaba metida en sus casas.
Cuando llegué a comisaría, el inspector Ramírez me esperaba en la puerta fumándose un cigarrillo.
-¡Hola! Buenas noches - le dije, observando su habilidad para hacer círculos en el aire con el humo del cigarro.
-¡Hola!-contestó apagando el cigarrillo en el cenicero de la puerta.
-¿Ha cenado ya?-me preguntó.
-No, la verdad... - no dejó que terminara de hablar.
-Entonces... la invito a cenar y así le informo de los últimos avances en nuestra investigación.
Me quedé mirándolo sin saber cómo reaccionar.
-Hágame ese favor, así no cenaré solo por una noche.
-Está bien-acerté a decir.
Caminamos durante un rato, hasta llegar a un bar-restaurante donde daban comidas y cenas a buen precio, al cual solían ir los policías en los días de guardia; no era muy grande, nada más de entrar había un gran ventanal donde una hilera de mesas, de madera maciza, con sus correspondientes sillas, formaban el comedor, estaban separadas del resto del bar por dos biombos. Nos acercamos a la barra y mientras la camarera mandaba que nos prepararan una mesa nos sirvió un par de copas de vino.
Tardamos unos diez minutos en sentarnos a cenar, el inspector parecía que había olvidado el motivo de su llamada, así que decidí sacar el tema.
-Entonces...¿qué es eso tan importante que me tenía que proponer?
-Bueno, pensaba decírselo en el café para cenar tranquilos pero...
-Puede contármelo ahora, no hace falta esperar- lo interrumpí.
-Está bien.
Cogió la copa de vino, tomó un sorbo y tragó lo que tenía en la boca.
-Verá..
-¡Por Dios Santo!, quiere hacer el favor de contarme lo que sea de una vez.
Me miró sorprendido ante mi reacción.
-Lo tenemos -soltó de golpe.
-¿Qué?...
-Quiero decir...sabemos dónde está pero...
-Pero qué...
-Necesitamos tenderle una trampa y para eso...necesitaríamos un señuelo - dijo mirándome fijamente.
-¿Y?
-Había pensado...mejor dicho, quería pedirle.
-No siga - le dije intentando contener las lágrimas.
-Ya sé que es duro para usted, lo siento, de verdad, pero es la única manera; piénselo, por favor.
Asentí mientras cogía el pañuelo que me ofrecía. Durante el café me puso al corriente de todos los detalles de la operación; se nos hizo bastante tarde por lo que al salir del bar-restaurante se ofreció a llevarme, sana y salva, a casa.



Meritxell

Sueños del pasado

Sentada junto a la ventana de mi pequeña habitación, veo a Matilde junto a su nieta en un banco del jardín; viene todas las tardes a verla y durante un par de horas las observo charlar, pasear... imagino que su nieta le cuenta sus ilusiones, esperanzas y todas las cosas que quiere hacer en su vida. De repente los recuerdos afloran en mi mente. Era tan joven... soñaba con dar explicación a muchas de las dudas que había sobre la existencia de la humanidad e investigar y descubrir alguna vacuna importante... lo tenía claro, quería salvar el mundo. Volví a la realidad, suspiré; los años habían pasado tan deprisa... y allí estaba yo, sola, junto a mi ventana, esperando a que alguien viniera a salvarme a mí.

Meritxell

lunes, 5 de abril de 2010

La sorpresa

Cierro la puerta del coche y me quedo mirando la casa de mis abuelos, cuando me dijeron mis padres esta mañana que vendríamos al pueblo no me lo podía creer; su fachada es de piedra, el tejado en forma de montaña, con tejas rojas y a la derecha un pequeño corral con una corte donde viven un par de cochinos, detrás se encuentra la puerta estrecha del gallinero.

Todo está como siempre. A simple vista parece más grande pero llevamos tanto tiempo sin venir... De repente sale mi abuela de la casa y detrás de ella mi prima María, sonrío, saludo con la mano y hecho a correr a su encuentro. Le doy un beso a mi abuela mientras María me coge de la mano y tira de mí:

- Ven vamos, hay una sorpresa dentro.

La entrada o el pasillo como lo llama mi tío Alberto, es bastante amplia, sus paredes están recién pintadas y dan una luminosidad que no recordaba, además no está la foto del abuelo cuando hizo la mili, y sé que a la abuela le encanta porque a veces se queda embobada observándola. Hay un pequeño montón de basura junto a la escoba de paja, no sé cómo puede la abuela barrer este suelo tan empedrado, además se ensucia rápido porque los animales para entrar y salir de la cuadra tienen que pasar por aquí pero supongo que ella está acostumbrada.

Como si llevara siglos sin ver la casa, me recorro todas las estancias en busca de la sorpresa; empiezo por el salón que está a la derecha de la puerta principal; en la pared de la derecha un gran ventanal ilumina toda la estancia, al fondo una vieja alacena guarda la vajilla y la mantelería que usamos cuando nos juntamos toda la familia, una mesilla tapada con un tapete hecho a ganchillo hace las funciones de mesa supletoria donde el televisor mantiene informado al abuelo de lo que pasa fuera del pueblo; en mitad del salón una enorme mesa de roble macizo, le doy la vuelta mientras cuento las sillas que la rodean; - "quince" - digo mirando hacia mi prima que me observa desde la puerta con cara divertida.

- Anda, vamos. - me dice sonriendo.

- Espera, quiero ver las habitaciones.

A la izquierda de la puerta y enfrente del ventanal, dos estrechos y altos arcos con sendas cortinas, hechas con mantas viejas, dan paso a dos pequeñas habitaciones exactamente iguales, un camastro, una mesilla y un Cristo en la pared es todo el mobiliario.

- Ya nos podemos ir, aquí no hay nada.

Cruzo la entrada y abro la puerta de enfrente a toda velocidad, me paro en seco; el abuelo está sentado a los pies de su cama, frente a la luz que entra por la pequeña ventana de su cuarto, se limpia los zapatos de los domingos para ir a misa mañana; el gran armario del fondo está abierto de par en par.

- ¡Hola!... - me atrevo a decir.

- ¿No sabes llamar a las puertas? - dice mirándome.

-Sí ... pero no pensé que estuvieras dentro.

- Pues ya ves...

- Lo siento.

- Está bien, ven y dame un beso - me sonríe.

Me acerco y lo abrazo al tiempo que le doy un sonoro beso.

- Dime ¿a qué vienen tantas prisas?

- María me ha dicho que hay una sorpresa y la estoy buscando.

- Entonces, busca, busca.

Salgo tan rápido como entré y abro la puerta contigua a la habitación de los abuelos; ahora la usan de despensa pero hace muchos años era el dormitorio de mi parte y mi tío Alberto. Un techo de vueltas de chorizo aparece ante nosotras, colgadas unas detrás de otras, como si estuvieran en formación; María y yo nos miramos, nos relamemos y cerramos la puerta entre risas.

Entrar en la despensa nos ha dado hambre así que nos vamos a la cocina hipnotizadas por su aroma; es bastante amplia, unos tres metros de ancho por unos ocho de largo, la ventana es muy pequeña y está situada a la izquierda de una fila de muebles bajos, donde está el fregadero, las vasijas y perolas, los utensilios de limpieza y el cubo de la basura, por lo que sólo entra luz directa a esa zona de la cocina; enfrente en medio de la pared una gran chimenea donde las mujeres preparan la comida, de vez en cuando los hombres y gatos merodean por si se cae algo. Encima del fuego, un gancho como los que usa el abuelo para colgar los cochinos el día de la matanza y colgado en él un puchero que despide un olor...

- ¡Ummm...! - decimos desde la puerta.

Las tres mujeres de nuestra casa se giran, nos miran y se echan a reír.

- ¿Teneis hambre? - dice mi tía.

- Un poco - le contesta María.

- ¿Nos dais algo de picar? - digo mientras tiro del mandil de mi madre.

- Sentaros un momento - nos dice la abuela mirando los bancos de madera que rodean la chimenea.

María y yo nos sentamos en nuestro banco preferido, de los tres que rodean la chimenea, porque es el único adornado con millones y millones de pequeños agujeritos; el aobuelo nos contó una vez que se debía a unos bichitos llamados carcoma, pero a los que él había dado buena cuenta.

Mientras contemplábamos el fuego y los borbotones del potaje, el abuelo entró en la cocina.

- ¿Ya has encontrado la sorpresa? - me dijo sentándose a nuestro lado.

- No, no sé donde puede estar, he mirado por toda la casa.

- Bien, entonces te daré una pista.

Todos me miraban sonrientes y con expectación.

- ¿Qué pasa?, ¿qué es? - dije impaciente.

-¿No has echado a alguien en falta?

-Pues... - me quedé pensativa.

- Linda... ¿dónde está? - grité.

-¡Tranquila! - dijo mi madre acariciándome el pelo.

Mi abuelo se levantó y me tendió su mano, a la cual me aferré confusa y con algo de miedo. Al lado de la cocina hay una gran puerta, mucho más grande que las demás, que da a la cuadra donde están las vacas que ordeña la abuela cada mañana y el mulo que va a trillar al campo con el abuelo; a mí no me gusta mucho porque es muy oscura y cuando entras de la calle no ves nada hasta pasado un buen rato, tiene varios pesebres con cebada, bloques enormes de sal y el suelo está cubierto de paja que se mezcla con la tierra del suelo.

Parados frente a la puerta, todos me miran sonrientes, miro a mi abuelo, empujo la puerta y ...

- ¡Sorpresa! - gritan todos a la vez.

Paralizada ante lo que ven mis ojos, comienzo a llorar sin parar mientras me dirijo hacia un pequeño jergón donde cinco cachorrillos husmean en busca de las tetas de Linda.

- ¡Oh, Linda! - digo entre sollozos acariciando su cabeza.

- ¿Puedo coger uno?, por favor.

- Está bien, pero ten cuidado... y sobre todo que Linda no deje de ver a sus cachorros si no quieres que se enfade contigo.

Durante un buen rato estuve junto a Linda y sus cachorros, eran preciosos.

- Bueno señorita, Linda tiene que descansar - dijo mi abuelo desde la puerta.

- ¡Jo!... ¿ya?

- Vamos, ¿no querías algo de picar?, te he preparado un poco de pan con vino y azúcar.

- Está bien... pero luego vengo otro poco ¿vale?

Cerré la puerta de la cuadra, cogí a mi abuelo de la mano y juntos nos fuimos a la cocina.


Meritxell

miércoles, 17 de marzo de 2010

Marcial

Marcial, hacía honor a su nombre, paseaba todos los domingos por el parque derecho como una vela, con su sombrero de ala ancha, un paraguas negro a modo de bastón en una mano y el periódico del día en la otra.
Siempre buscaba un banco al sol donde ponerse al día con las noticias, allí permanecía un rato; a veces daba alguna que otra cabezada hasta que el periódico se abalanzaba sobre él, abría los ojos, recolocaba las hojas y reanudaba su paseo.
La mirada siempre al frente, los brazos y pies al mismo compás; cada vez que se cruzaba con algún corrillo de mujeres se tocaba el ala del sombrero con gran solemnidad.
-¡Señoras!
-¡Marcial!-decían al unísono.
Ellas solían cuchichear e incluso soltar alguna risita a su espalda, pero aquello a Marcial, lejos de ofenderle, lo engrandecía y animaba a mantener su firme caminar.


Meritxell

Rosa Fuentes

Rosa Fuentes, más conocida como Doña Rosita, abre las ventanas de su casa cada mañana, sacude la ropa de la cama, las alfombras... y después limpia los cristales acompañada de un suave canturreo. Las malas lenguas aseguran que lo hace para poder ver cuando entra y sale Don Nicolás, por el que bebe los vientos.
Rosa Fuentes hace tiempo que se quedo para vestir santos, pero ella no lo quiere reconocer, se tiñe el pelo de negro, se pinta las uñas de vivos colores... cuando ve a Don Nicolás bajar al patio, se maquilla, se ciñe el talle y en menos de cinco minutos hace su aparición frente a él con cualquier escusa.
-¡Buenos días, Don Nicolás!
-¡Buenos días, Doña Rosita!
-Hace un buen día hoy, ¿no cree usted?
-La verdad, es que sí, Doña Rosita.
Así continúan durante un buen rato hasta que un amigo de Don Nicolás viene a buscarlo para ir al bar.
-¡Adiós, Doña Rosita!
-¡Adiós, Don Nicolás!
Rosa Fuentes se queda embobada mientras ve alejarse a Don Nicolás, cuando lo pierde de vista vuelve a su casa, cierra las ventanas y nadie la vuelve a ver hasta la mañana siguiente.


Meritxell